7 de junio de 2012

Podemos!

Adelanto que soy español. En mi puñetera vida he tenido carné de ningún partido político y mi voto, desde que lo ejercí por primera vez en el año 1993, se ha movido más que la antorcha olímpica. Como tantos otros compatriotas, llevo los  últimos 20 años viendo impotente crecer una España de silueta espigada pero de salud raquítica, de briosa apariencia pero preocupante radiografía. Una España insostenible y enferma. Y no por culpa de la iglesia, de los políticos, de los sindicatos, de los terroristas o de la monarquía. Insostenible porque España tiene la fatal desgracia de que está llena de españoles. Cada uno haciendo, en la medida de sus posibilidades, su particular aporte al país de la picaresca. Los de abajo, pequeños aportes granito a granito. Los de más arriba, a manos llenas. Es por todo ello que no me cabe la menor duda de que la picaresca es y será, tristemente, el gran aporte español a la Historia de las Civilizaciones.

"Ícaro y Dédalo", de Charles Paul Landon (1799) cuadro
expuesto en el 'Musée des Beaux-Arts et de la dentelle d'Allençon'
Así es España. Incluso desde antes de tener ese nombre. Llevamos desde mediados del s.XVII destrozando a golpe de picaresca el mayor imperio que jamás haya existido sobre la tierra y que se construyó sobre la picaresca misma de expoliar y engañarnos los unos a los otros primero, a nuestros vecinos después y a los pueblos y gentes de ultramar por último. Desde aquellos tiempos de abundancia en los que cambiábamos puñados de oro por brillantes espejitos de colores poco ha cambiado en la mentalidad del español standard. Seguimos creyendo que con paliar síntomas a corto plazo vamos a solucionar nuestro verdadero cáncer que no es otro que ser españoles. Y a los españoles que me puedan estar leyendo en estos momentos y no quieran, sepan o puedan ser al menos un poquito autocríticos -y también a quienes, siendo o no españoles, crean que todo esto no es más que una febril exageración- les pido que por favor hagan el ejercicio de
repasar en el mapamundi todos los países a los que hemos llevado nuestra 'cultura' en el pasado. Y me digan si hay algún territorio hispanoparlante que no sea hoy una 'república bananera' a excepción, claro está, de esta España nuestra, monarquía parlamentaria bananera. Y, ya puestos, para mayor autoflagelación, les pediría que hicieran el mismo ejercicio con todos los países católicos del mundo. Esos países en los que creyentes y no-creyentes, practicantes o no, tienen el subconsciente empapado por el dogma de la fe católica, que les impulsa desde el incosciente a agradecer al cielo las lluvias de maná, a esperar milagros como el de los panes y los peces y a encontrar explicaciones, héroes y villanos mirando siempre hacia arriba: hacia el cielo, hacia el gobierno, hacia los santos o hacia el presidente de la comunidad de vecinos. ¿O acaso es casual que, después de siglos de evolución social, cultural y política, todas las sociedades hispanas se caractericen 'urbi et orbe' por modelos de pensamiento, palabra y obra en los que la picaresca domina hasta en el aire? Dotadas todas ellas de un desprecio generalizado por el talento, por el esfuerzo, por la constancia, la honestidad y la norma. Donde el prototipo/arquetipo de triunfador que todos quieren imitar es el de un fulano (o fulana) más vivo que nadie, repiola, el más listillo de la clase, el que se sabe todas las trampas, los atajos y el que tiene no ya más talento o conocimientos o mayor coeficiente intelectual o estudios superiores de mayor nivel sino más amigos en disposición de hacer favores y más dinero independientemente de donde provenga. No, no es una casualidad de dimensiones históricas que la otrora 'reserva moral de occidente' sea hoy un modelo de país fracasado. No es casualidad sino la causa.

Admitamos, pues, lo que somos. Sin complejos. Potenciemos nuestras virtudes pero trabajemos también en conocer y en corregir nuestras limitaciones porque de ello depende más si cabe que volvamos o no a caer, una vez más en la Historia, en el error fatal de pretender ser lo que en realidad ni somos ni estamos por el momento en disposición de ser. Y en este status nos encontramos en este momento de la Historia, en el que tras una década del espejismo de creernos plena Europa, algunos nunca creímos ni parecernos a ella y otros tantos miles de compatriotas están -esperemos que los últimos ya- a estas horas cayéndose desde lo más alto del guindo. Porque he ahí la cuestión: ser o no ser Europa no lo da una banderita con estrellas doradas, ni reuniones de ministros en Bruxelles, ni pagar el paquete de Ducados con el 'careto' de la reina Beatriz de Holanda impresa en las monedas. Y la realidad, por más que duela o que sonroje, es que España no ha sido nunca Europa y nunca lo será. No al menos de momento. Todavía no tenemos políticos, empresarios, sindicatos, prensa, ni civismo ciudadano con altura europea. En esto, como en tantas otras facetas de la vida -y siento contradecir al refranero popular- querer no es poder. Querer es imprescindible para empezar. Pero hay que ponerle algo más que intenciones, ensoñaciones o pajas mentales. Hay que ponerse en movimiento. That's real life, amiguetes. ¿Y saben qué? Podemos.

Como tantos otros países, pueblos y culturas en el mundo, estamos obligados a decidir constantemente qué queremos ser, a dónde queremos llegar, cuáles son nuestras aspiraciones. En suma, cuál es el modelo de país que queremos construir para cuando los que ahora todavía no somos padres paseemos a nuestros nietos por el parque. Y sólo así, teniendo muy presente ese modelo, sabremos si en él encajan o no todo lo que tenemos ahora. Empezando, por ejemplo, por el principal producto de fabricación y consumo nacional: la picaresca. Sólo teniendo claro lo que queremos sabremos con total certeza si las estructuras -políticas, sociales, económicas, etc.- las relaciones entre ellas y las conductas que las dominan en el presente nos sirven a tal efecto. O si, por el contrario, nos limitan y habremos de reforzarlas, o de reformarlas o incluso de demolerlas totalmente y para siempre -sí, destruirlas, desterrarlas ¿por qué no?- en lugar de seguir sosteniéndolas por inercia, tradición o desidia. Ahora que España está más en el punto de mira internacional que nunca, el futuro de miles de familias españolas depende únicamente de lo exigentes que seamos con nosotros mismos y con quienes nos rodean, gobiernan y representan. De lo exigentes que sean nuestra visión de futuro, nuestra sensatez como pueblo, nuestra madurez, nuestras decisiones presentes, nuestras aspiraciones de futuro y los potenciales esfuerzos que estamos dispuestos a asumir para conseguirlas. Si aspiramos a ser un país prestigiado en este 'primer mundo' globalizado, competitivo, serio y moderno tenemos mucho que corregir y que aprender. Colectiva pero también individualmente. Muchísimo. Si, por el contrario, nos conformamos con ser un país de tercera fila -opción igualmente respetable, por otra parte- nuestra característica autocomplacencia podría ser suficiente y casi bastaría con no hacer nada nuevo. Sostenella y no enmendalla. Pero lo que no se puede es pretender llegar a ser otra cosa haciendo exactamente lo mismo, contando exactamente con las mismas piezas, en el mismo orden y moviéndolas con los mismos criterios. Nadie serio puede decir que va a empezar a cambiar el mundo haciendo exactamente lo mismo de siempre. Este tipo de indefiniciones supondrán no sólo un despilfarro de nuestro tiempo y de nuestro dinero si no que será también un lujo estéril éste de sufrir gratuitamente para acabar cayendo en un estrepitoso fracaso final como nación.


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1 comentario:

  1. El perfil de ÁcidoPúblico en 'twitter' ha creado el hashtag #depandereta para ilustrar la cantidad de situaciones que NO deberían ser tolerables para los ciudadanos de una España exigente consigo misma.

    La primera tarea que urge es eludir por todos los medios caer en las trampas del partidismo, el sectarismo o el corporativismo. Si queremos avanzar, nos lastrarán demasiado y mucho esfuerzo se disipará sin resultados.

    Todo a nuestro alrededor es, en mayor o menor medida, absolutamente mejorable. Y en el caso particular de España, casi todo es MUY mejorable: la corona, el gobierno, la oposición, los sindicatos, la patronal, las autonomías, los colectivos profesionales, lo público, lo privado, la iglesia, el mercado, y hasta... tú mismo, como ciudadano!

    Ved y haced vuestras aportaciones críticas para hacer visibles para todo el mundo los puntos susceptibles de mejora con #depandereta.

    Gracias por leernos!

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