9 de octubre de 2012

De realidades y de pompas.

La culpa es nuestra, paisano. Pero no porque hayamos, como dicen, vivido por encima de nuestras posibilidades. No, ciudadano, no por eso. La culpa es nuestra, pero porque hemos seleccionado como el culo a los que habrían de administrar lo que es de todos. Y porque les hemos permitido durante demasiado tiempo a todos ellos fabricarse su propio hábitat dentro de una burbuja, enquistarse dentro de coches oficiales blindados tras vidrios tintados, rodearse de muros de musculosos escoltas a su merced, encerrarse con la llave por dentro en lujosos despachos de ministerios, viajar entre nubes de asesores personales cantamañanas cuyo oficio es cantar bondades al oído y pasar la mano por el lomo. Más tiempo del que es sano hemos permitido esta silensiosa y lenta alienación de nuestra clase dirigente. Más de lo estrictamente aconsejable les hemos permitido vivir esta ficción de resort. Se nos ha ido el asunto de las manos. Y ahora resulta que las decisiones se toman desde esas burbujas que, si por algo se caracterizan, es por despreciar todo lo que está fuera de ellas, nosotros la ciudadanía incluídos. Nosotros, que creíamos hasta hace bien poco que eran todos ellos servidores de nuestra patria y defensores a toda costa del interés público, resulta que ahora vemos con asombro cómo deciden desde las mismas burbujas de cristal que les hemos estado financiando todos estos años. Cómo desde cumbres internacionales, desde los parqués de las bolsas de mercados o desde la mesa y mantel de afamadas consultoras amigas nos encañonan con decisiones cuyo único y exclusivo criterio es el de no lesionar los intereses propios de quienes las adoptan en petit comitè.


"Otra Margarita" óleo sobre lienzo de Joaquín Sorolla, 1892.
Mildred Lane Kemper Art Museum, Washington University (St. Louis, USA)

El resultado de esta mayúscula abulia nuestra es que la clase política actual no vive en nuestra misma realidad desde hace ya algún tiempo. Viven en su burbuja conceptual. No saben lo que de verdad significa pisar las veredas, acudir a trabajar un día de tormenta, hacer cola en el metro, firmar la hipoteca, esperar a que un hijo salga de urgencias en un hospital, perder toda una mañana de trabajo en burocracias. Llevan demasiado tiempo sin palpar con sus propias manos la vida real, la de quienes se dejan los riñones a diario para sacar adelante sus negocios y sus familias y para pagarles -que tiene cojones la cosa- a ellos las dietas, la fiesta electoral y los desplazamientos al fútbol. Ya tienen todos ellos muy borrada de su memoria lo que es ser un ciudadano normal de a pie, si acaso alguna vez lo fueron, lo que es ser un trabajador o un joven emprendedor o un parado o un empresario con una pyme. No saben hacer lo que hacemos todos a diario casi sin pensar: mirar el céntimo, dar el callo en nuestro puesto de trabajo, descansar lo justo, decirles "no se puede" a los niños. Se les ha olvidado poco a poco, lentamente, con el tiempo. Como hacen las peores enfermedades. ¿Cómo pretendemos entonces con este historial de deterioro exigirles ahora, de la noche a la mañana, un sentido apropiado de la realidad? Su realidad no es la nuestra. La nuestra acucia, preocupa, angustia, tiene goteras, desafía, arruga. Su realidad sigue, por el contrario,  siendo el vientre liso de una pompa de jabón. Luminosa, amplia, tornasolada, esférica, perfecta.



¿Como es que no lo vemos? ¿Somos idotas o acaso estamos tan alienados fuera de la pompa como 'suseñorías' lo están dentro? Es un error mantenerse en la creencia casi religiosa de que han de ser justamente los mismos individuos que nos han demostrado tantas veces ya su manifiesta incapacidad para tomar decisiones en entornos para los que no están capacitados quienes han de generar el impulso, el entusiasmo y la creatividad que nos hará sacar los pies del barrizal. Es un error que los ciudadanos insistamos en hacer entender la gravedad real de situaciones a quienes tales situaciones son ajenas, y que al mismo tiempo les permitamos seguir instalados en sus viejas atalayas y bajo sus deslumbrantes palios de encaje que, para más recochineo, se financian con el sudor de nuestro lomo. Es un error seguir confiando en sus calculados discursos de palabras amables, de tópicos sobados, de frases sintéticas y en las falsas expresiones de sentimiento que las acompañan. Mencionan de memoria palabras de las que desconocen su verdadero significado. Esfuerzo, sinceridad, sacrificio, hambre, dolor, productividad, liderazgo, futuro. No tienen -y disculpen la expresión, pero en democracia la calle habla con su propia jerga- no tienen ni puta idea de la realidad que habita aquí fuera, al otro lado de sus pompas de jabón. Pero ni puta idea. Y lo peor, el peor error, el más frustante si cabe, es malgastar las nuestras escasas energías en intentar explicárselo porque eso sería comparable a pretender que un niño malcriado entienda por su propia voluntad, sólo con amables palabras y no con la contundencia de los hechos, conceptos que con su inmadurez y con su falta de experiencia no esá en disposición de entender. Asumamos ya como un fracaso colectivo la malcrianza de nuestra clase política porque se nos empiezan a ir vidas en ello. Vivir apegados a la realidad es una capacidad de la que carecen, no hay más. Por atrofia. Son todos ellos hombres y mujeres que, si acaso pudieron estar capacitados para otros tiempos, tiempos de abundancias, no lo están en absoluto para liderar un mundo exigente e implacable, un mundo que ha cambiado radicalmente, un mundo que no comprenden, hacia el que se niegan a avanzar y que se resisten a gestionar con eficacia. Démosles pues un sincero 'condiós y gracias' antes de que se nos haga más cara la factura del jabón y antes, por tanto, de darles las razones para que luego nos salgan conque si hemos gastado lo que no teniamos en soplar las pompas que los envuelven.


En una democracia sana, en un verdadero "gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo" tal y como la definió tan sabiamente Abraham Lincoln en su discurso de Gettysburgh en 1863, esta alineación política que hoy impera carecería de mayor gravedad si no fuera porque las conductas políticas por un lado y las ciudadanas por otro evidencian que seguimos empeñados en el disparate de que todo cambie para que todo siga igual que antes. Como si la divina providencia nos fuera a devolver a unos la realidad pretérita perdida y fuera a mantener a los otros PER SECVLA en la aséptica atmósfera de sus perfumadas pompas. En una democracia sana, decíamos, en una democracia bien engrasada de ciudadanos libres que se saben, sin complejos, poseedores de la soberanía nacional; en una democracia moderna de hombres y mujeres comprometidos con los intereses y el bien común; en una democracia así, la realidad no estaría arrojándonos a la cara con el mayor de los descaros la verdadera esencia de la 'Marca España': el perpetuo llanto de quienes lamentan un país cada vez más lleno de mierda por todas partes mientras siguen apoyando, bien por ruín clientelismo, bien por ciego fanatismo ideológico, justamente a los que más cagan sobre lo que nos pertenece a todos. En una democracia sólida se les devuelve a todos a la cuarentena del anonimato, se les apea de sus tribunas y se les retira toda acta y toda confianza. Esto así, aún siendo conscientes de que con una parte de los servidores públicos se estaría cometiendo injusticias. Pero es el precio que en una ciudadanía de demócratas sanos, desacomplejados y libres de pensamiento, palabra, obra y omisión cualquiera estaría dispuesto a pagar a cambio de la higiene de la misma Democracia.

Por cierto, que nadie pretenda arrastrar este discurso hacia uno u otro flanco del estercolero de 'Las Dos Españas'. Todo lo dicho en este post, de principio a fin, me vale no sólo para este Gobierno de España ineficiente, inadaptado, mentiroso y pusilánime que entre todos hemos elegido, sino para todos los habidos a nivel nacional y autonómico. Es decir, que lo aplico a las marcas PP, PSOE, CiU, PNV, IU, UPN... y a sus respectivas filiales financieras, sindicales y mediáticas. A todos los que, en definitiva, en los últimos 20 años han tenido en mayor o menor medida altísimas responsabilidades, hayan sido éstas de gobierno o no. Co-responsables todos ellos no sólo de la situación actual sino también de la angustiosa falta de perspectiva que acucia a España y a sus gentes para las próximas décadas. Tal vez va siendo ya hora de que probemos con otras fórmulas, queridos sufridores españoles. En nuestras manos está creernos de verdad este asunto de la Democracia. Sólo depende de que tengamos el par de arrojos que hay que tener para purgarlos a todos de un manotazo y bajarlos de vuelta desde su pompas a la realidad. Eso sí, sin aspavientos, ni asaltos a La Bastilla, ni ríos de sangre, ni Frente de Aragón, sino haciéndolo un domingo de urnas. Con finura, garbo y trapío. En un ratito entre el bermú y la paella en casa de la suegra. Aunque, para serles enteramente sincero, esos arrojos y esa madurez yo al menos, no creo que los tengamos todavía. De lo que no me cabe la menor duda es de que nuestros vecinos de Galicia, Euzkadi y Catalunya serán los primeros en darme, ya con cifras en la mano, la razón. Y en afirmarme en mi ya madura creencia de que la verdadera fiesta nacional no son los toros sino ese extraño arte masoquista de dejar pasar las ocasiones que se presentan de solucionar quirúrgicamente los problemas.


En un par de semanas hablamos. Si hay humor.




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