8 de enero de 2012

Una hora, sesenta minutos.

Aquella mañana de diciembre mi esposa y yo salimos de casa con la intención de dar un paseo matinal por la playa. Temporada baja, día de invierno soleado y sin viento, lugar poco transitado, temperatura ideal. Nos vendrá bien, dijimos, una horita de ejercicio moderado y de solaz en medio de las vacaciones navideñas que estábamos disfrutando con la familia. En un momento de la caminata, casi como un acto reflejo, levantamos del camino una lata de refresco aplastada y oxidada con la intención de llevarla hasta la próxima papelera. Desconocíamos en ese momento la ubicación exacta de la papelera o del contenedor más próximos. No parecían estar cercanos, desde luego. Pero, como solemos hacer habitualmente, no es molestia para nosotros cargar durante unos minutos con uno o dos envases de los que encontramos en el camino.
'El Hombre de Vitruvio', de Leonardo da Vinci (1487).
Expuesto en la Accademia de Belle Arti, Venezia .
La senda discurría entre pinares viejos, al borde de una pequeña cala semiescondida que conocí siendo todavía un niño. Nos gusta ir a esa playa en esta época del año cuando el invierno se pilla un par de días o tres de baja y concede una de esas impagables treguas. En la playa, ninguna huella de pisadas, ningún ruido. Sólo el sonido de la resaca de las olas arrastrando arena, el crepitar de la espuma al evaporarse y el murmullo que el viento arrancaba de las copas de los pinos. Sólo naturaleza y sosiego para los cinco sentidos. Destellos de sol en el agua. Olor a salitre y a frescura. Paz. Nuestra presencia era lo único humano allí. Bueno, nuestra presencia y también una pequeña lata arrugada, diminuta e insignificante que habíamos recogido minutos antes. O al menos eso creímos en un principio, porque segundos después apareció en la arena otro producto humano: un bote de champú destrozado por el oleaje, agujereado, y decolorado por el sol. Obviamente, también lo recogimos.
Y a partir de entonces, empezó a resultar evidente lo insignificante de nuestro gesto. De modo que una cosa llevó a la otra y se fueron sucediendo los hallazgos: aquí una botella de lejía, allá una de detergente, acullá botes de bronceador, de bebidas, tapones, sedal, boyas, cajas de plástico y de madera, bandejas y hasta garrafones y zapatillas. Enteros, deteriorados o en pedazos. De todos los tamaños y colores. Cuatro manos se hicieron pocas y, por un momento, nos asaltaron sentimientos de impotencia y de indignación. En cambio, una hora después, agotado ya el tiempo de que disponíamos para aquel paseo, nuestro humilde granito de arena quedaba definitivamente aportado. No era el final feliz que nos hubiera gustado, quedaban residuos en aquella playa. Y muchos. Pero, mientras nos retirábamos de vuelta a casa, lo hacíamos con la absoluta seguridad de que aquella playa era un lugar mejor que una hora antes. Éstas son las imágenes de lo reunido en aquella playa en tan sólo una hora por mi esposa y por mí. El maletero que se ve en la última fotografía es el de un Škoda Octavia. Tiene una capacidad de 580 litros.
No pretendemos con esta crónica ser ejemplo de nada ni para nadie, pero quienes hacemos ÁcidoPúblico tampoco queremos dejar pasar la ocasión para compartir en voz alta nuestras reflexiones. Las que nos asaltaron durante la tarea que nos impusimos voluntariamente aquella mañana y también otras que fueron surgiendo en las horas sucesivas.

          Si tienes ordenador portátil o videoconsola, tienes una hora.
          Si tienes cita en la peluquería tienes una hora.
          Si tienes tiempo para quejarte, tienes una hora.
          Si sueles correr encima de una cinta en el gimnasio, tienes una hora.
          Si ves 'La Noria', 'Show Match' o tu teleserie favorita tienes una hora.
          Si duermes siesta, tienes una hora.
          Si eres coleccionista, tienes una hora.
          Si tienes internet en casa, tienes una hora.
          Si vas los domingos al fútbol, tienes una hora.
          Si lavas el coche todas las semanas, tienes una hora.
          Si compras en las rebajas tienes una hora.
          Si tienes tiempo para escribir un blog, tienes una hora.
          Si estás leyendo esto, tienes una hora.

Sin ir más lejos: tienes una hora, sí. Tienes una hora al día, una hora a la semana o al menos una hora al mes. ¡Da igual, aunque sea sólo una hora al año! Lo importante es que tienes una hora en la que puedes empezar a abandonar el tan extendido deporte consistente en mirar para otro lado, en quejarse constantemente, en auto-exculparse y, sobre todo, en señalar la irresponsabilidad, la ineficiencia y la culpabilidad de los demás. Tienes una hora para detenerte, abrir bien los ojos, mirar a tu alrededor y hacer algo desinteresado para mejorar el entorno en el que vives. Se puede hacer sin reclamar colaboración, sin llevar propaganda ni pegatinas ni banderas, sin pedir permiso, sin buscar subvenciones o financiación. Y, sobre todo, sin esperar aplausos ni condecoraciones por ello. Sólo necesitas tus ganas, tus manos y una hora. Sesenta minutos.
Evidentemente, todo esto no nos exime de ser ciudadanos exigentes con aquellas figuras públicas, organismos y administraciones que son teóricamente las responsables de avanzar en la búsqueda de soluciones en estos y otros muchos problemas. Pero si tú, a título individual, no tienes una hora para poner en práctica el mundo en el que crees ¿de verdad confías en que ellos lo van a hacer por ti?¿En serio lo crees?
Tienes todo el tiempo de tu vida para dedicártelo a ti mismo y para perpetuar el mundo de hoy. Ése del que tanto te quejas. Busquemos una hora para ensayar el mundo que nos gustaría tener mañana. Sólo tú puedes hacerlo.
Feliz año... ¿nuevo?

Epílogo: Y si después de haber leído este post, todavía sigues queriendo convencerte que no tienes una triste hora... Vamos, hombre, seguro que tienes diez minutos. Y si, aún así, con el corazón en la mano, insistes en negar que tienes 10 míseros minutos de tu tiempo para 'sumar', deja que te pida un único favor: NO RESTES. Es lo mínimo que se puede pedir, ¿no crees?
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3 comentarios:

  1. Exacto! La clave está ahí, creo yo, en dejar de esperar que `los otros´ sean quienes hagan las cosas.
    Hay que arrancar. Tenemos que empezar a movernos a título individual. Con la suma de los pequeños esfuerzos que hagamos entre todos, podremos conseguir mucho!
    Pero claro, lamentablemente ESFUERZO no es una palabra que esté muy a la moda.
    Ahora eso sí, si desde el cómodo sofá algo luego no nos gusta ... pues a llorar al cementerio.

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  2. En mi opinión, no creo que sea problema de esfuerzo o educación, sino de que el maletero del skoda es muy pequeño...0-)

    ResponderEliminar

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