18 de julio de 2011

¡Welcome to Jauja!

I - Introducción.

La abundancia es lo que tiene. Que si no se aplica sentido común, se termina por mal usar y por abusar de aquello que abunda. Vicios ambos en los que se cae cuando no se es del todo consciente de que los períodos de abundancia y los de escasez son fases alternas de un mismo ciclo que, más corto o más largo, se repite a fin de cuentas una y otra vez. Siempre repetitivo. Tarde o temprano. Leyes de la naturaleza, dicen las malas lenguas, que coloca según qué cosas en ruedas giratorias. Pero cuando el período de abundancia se alarga excesivamente, digamos porque la rueda que lo contiene sea enorme y tarde una barbaridad en dar una vuelta completa, o porque gire ésta muy despacio con idéntico resultado, o por las dos razones a la vez, perdemos la consciencia de este ciclo y una fase de riqueza que en principio es puramente transitoria se nos manifiesta con el estatus de un edén perpetuo e inextinguible. Y entonces… ¡Welcome to Jauja! El lugar donde las conductas se aburguesan, los estómagos se hamburguesan y las memorias se agruesan. La tierra donde todo el monte es orégano; donde las virtudes por antonomasia se llaman mal-uso, despilfarro e insensatez; y donde todo deriva hacia grotescas bacanales.
 
"Campesinos partiendo el pan", ilustración pertenciente al
Livre du roi Modus et de la reine Ratio, s. XIV. Bilioteca Nacional de Francia, París.


II - Origen y mitología de Jauja.

Geográficamente, Jauja es una península con forma de jamón de jabugo. Una descomunal paletilla de tierra rodeada por todas partes por el extenso e ilimitado Mar de la Abundancia. Por todas partes menos por la pezuña, donde se encuentra la estrecha y conflictiva frontera con el país vecino, un terruño poco poblado llamado Cordura, con otro idioma, otra organización y, en general, otras costumbres que nada tienen que ver. Jauja y Cordura viven de espaldas una a la otra. Como las dos Coreas. Al principio de los tiempos eran familia, concuñadas según recoge la mitología, y se contaban todos los chismes e iban a las rebajas juntas y todo. Pero ahora ya no se hablan, ni se envían christmas por navidad ni nada. Como mucho, si el azar quiere que se crucen en el shopping, se saludan con la mano, así, levantándola con desgana, como quien no quiere la cosa. No por nada, sino porque ninguna de las dos, ni Cordura ni Jauja, están dispuestas a que las tilden de maleducadas. Ah, no. Faltaría más, siendo ambas de tan buena familia y habiendo estudiado en colegios privados.

Los profesionales de la prensa seria de ambos lados de la raya ("La Gaceta de Jauja" ó "El Heraldo de Cordura") suelen definir esta complicada relación con palabras como cortesía, respeto mutuo, diplomacia o "cosas de la familia política" (sic). Otros en cambio, como es el caso de los tabloides amarillistas, de la prensa rosa o del colorín que sea ("The Jauja Sauce" o "Qué Cuerdo!", por ejemplo) titulan que lo que hay entre ambas es mucho cinismo, falsedad e hipocresía. Resumiendo y por abreviar, llámese como se llame, que a día de hoy no se tragan, vamos.

Como quiera que sea y polémicas a parte, el asunto es que Jauja y Cordura no se dirigen ni una triste interjección desde que una buena mañana la primera pidió ayuda a la segunda y se ve que tuvieron sus más y sus menos. Jauja, que siempre se había mostrado tan altiva y autosuficiente ella, además de mucho más joven y promiscua, pidió ayuda al país de los cuerdos (así se llaman los habitantes de Cordura, no es que sean los varones de las cuerdas de piano) para un asunto que tenía que ver con Abun, que era como llamaban en confianza al Mar de la Abundancia. Nadie ha sabido explicarme bien los pormenores de la trama, pero recabando información de aquí y de allá (chusma hay en todas partes) y tras contrastar unas y otras fuentes puedo asegurar sin temor al yerro que sucedió más o menos como sigue, que es como aparece recogido desde tiempo inmemorial en el incunable volumen XXI de la "Mitología de Jauja".

El Mar de la Abundancia, que baña las costas de los dos países, empezó un buen día a retirarse y a retirarse, y a retirarse más y más. Como cuando baja la marea pero esta vez siempre hacia atrás, sin parar de bajar. Sin volver a subir, vamos. Hasta ahora no lo habíamos mencionado pero el caso es que este mar sustenta toda la economía de Jauja y de Cordura no digo yo desde que el tiempo es tiempo pero sí desde antes que nadie lo midiera. De él brotan a cascoporro toda clase de recursos naturales, energéticos, comerciales, artísticos y el etcétera más largo del que se haya oído hablar jamás. Escupe al litoral sin cesar, en perfecto estado de uso y con cinco años de garantía lo más variopinto que se pueda usted imaginar: papel moneda, pantallas led, bandejas de canapés, stock options, oro, incienso, mirra y madreperla, musas, chuletones de buey, alfajores, buganvillas, butano, lino, misses universo, calorías o frigorías dependiendo de la época del año… Bueno, voy parando ya, porque con todo lo que queda nos daría la nochevieja y no es cuestión. Con unos puntos suspensivos, arreglado y a otra cosa. Además, sólo era para que se hicieran ustedes una idea de la tremenda importancia que este mar tiene para Jauja y los jaujianos y para Cordura y los cuerdos. Pues dicho queda.

Como decíamos, un día fatal los jaujianos amanecieron desayunando sin el Mare Donus, que era como llamaban los pre-jaujianos a Abun no porque regalase rosquillas glaseadas, que también, sino porque significaba lo mismo pero en idioma antiguo, con respeto, sin tanta confianza ni tanta polla, como tratando de usted, vaya. Cosas de antes. Así que imagínense el espanto, la congoja y los ataques de ansiedad que invadieron Jauja esa mañana. De la noche al alba, más desconcertados que Kif y Kof, los personajes del libro “¿Quién se ha llevado mi queso?”. Sin noticias de Abun, esfumado en el aire sin carta de dimisión, ni un triste post-it en la nevera, ni petición de rescate ni pistas sobre su paradero. Nada. Que no sabía uno ya si pensar lo peor. Y encima sin tranquimacines, porque con éstos sucedía como con tantas otras cosas en Jauja, ya sabemos, que salían del propio mar y el muy cabrón se lo había llevado todo puesto.

Así es como Jauja, en la cresta del pánico, entra en casa de su concuñada Cordura, porque recordemos que antes eran como uña y carne, que había confianza y se entraba sin llamar tanto la una en casa de la otra como la otra en casa de la una. Fíjate que hasta se llamaban familiarmente "Jau" y "Cordi" de puertas para adentro. Pues eso, que entra Jau y le cuenta a Cordi que si tía… que no veas... qué putada. Y le pide consuelo, consejos y unos cuantos brioches de Beçanson para mojar en el café. Y le pide, de paso, con muy buenos modales también el café propiamente dicho. Recién molido y descafeinado. Nada de marcas blancas. En taza grande, con dos de azúcar moreno y agua embotellada que la del grifo sabe a cal y te jode el sabor del café de mocca que es una pasada. Que su monitor de spinnig le había cantado las mañanitas con la noticia de la marcha de Abun y que todo Jauja había tenido que untar las tostadas del desayuno con obleas en aceto balsámico que es la forma finolis de decir hostias en vinagre. Y en un nada y menos, minutos después, pasaron de ser uña y carne a uña encarnada. Lo que se dice un uñero, o sea. Con la sangre y los brotes de pus llegando al río y unas punzadas de dolor que hacían saltar lagrimones como brevas. Ni mercromina, ni betadine ni la cirugía ambulatoria del mejor callista de la comarca, ni la madre que las parió a las dos pudo arreglar el desaguisado hasta día de hoy. Así de gorda rellenita fue la que se lió, mira tú.

Todas las fuentes consultadas por este humilde cronista vienen a coincidir, sin excepciones, en que Cordura se compadeció muy sinceramente de su concuñada Jauja. Y que lloró con ella y todo de tanta emoción que le asaltó al ver a su muy mejor amiga tan afectada. Pero que eso del café de Mocca con volovanes, y de L'Eau de Vichý no eran costumbre en su casa, que le ponía tantos boles como quisiera de achicoria con campurrianas, el desayuno estándar en casa de los Cordi. Que las marcas caras con nombre francés y los manteles de algodón egipcio eran sólo para dos o tres ocasiones muy especiales al año, tipo la visita de un embajador o la comunión de las mellizas, y que por eso se guardaban como oro en paño. Bajo llave, PIN number y firma mancomunada y todo. Y pasaban de generación en generación.

Jau, se ve que se tomó muy a mal que en esos momentos saliese su concuñada, sin venir a cuento, a rezar la novena de la Virgen del Puño y comenzó a decir a voz en grito que quién era Cordura para decirle a ella cómo tenía que gestionar sus asuntos, que si quería ayudarla pues bien, y que si no, pues adiós muy buenas. Que arrieritos somos y en el camino nos encontraremos. Es que Jau era muy castiza cuando quería y una cosa era conocerla de fiesta con alfombras rojas y el prêt a porter, y otra muy distinta cuando le entraba la mala leche. y le salía la poligonera que llevaba dentro. Y entre el fragor de tamaña decepción, las palpitaciones, la ansiedad sin tranquimacines y que, para colmo, seguía sin saberse nada de Abu, comenzó a llamarla de todo. Lo más bonito que salió por su boca fue, dicen, estirada, tacaña, déspota y tirana que, por lo que había aprendido en sus años de colegio privado, Tirana también era la capital de un país muy muy lejano donde no había ni Mar de la Abundancia ni nada que se le pareciera. Y a Jau le dio por pensar en cómo esa pobre gente podía exfoliarse y ver la TDT y pagarse los rones y las cocacolas sin tener mar. Volviendo al asunto, estábamos en que Jauja se puso hecha un basilisco, con aspavientos de toda índole y condición, mentando en arameo y por orden alfabético todas las deidades y diciéndole a su concuñada que en maldito día y que se metiera las campurrianas de canto y por donde pica la cistitis parriba.

En fin. A ver. Todo esto no es que lo diga yo no vayan ustedes a caer en la tentación de matar al mensajero. Es lo que cuenta la mitología local acerca del origen de estos dos países fronterizos, Jauja y Cordura, bañados ambos por el mismo Mare Donus, alias Abun, que años más tarde terminaría, por cierto, apareciendo de nuevo como si nada hubiera pasado y sin dar más explicaciones. Desde aquel triste episodio se ve que al caradura de Abun le picó el vicio y tiene la costumbre de irse y de venirse de a poquito, la puntita nada más, cada veintiocho días más o menos en forma de mareas vivas. Y más de raro en raro, cuando le sale del carajo al tipo y sin preaviso, suele también tomarse algún que otro período indefinido de abandono completo del hogar el muy hijoputa. El caso es que, llámalo amor, llámalo tontalculo, Jauja no le guarda ni una pizca de rencor por estos episodios catatónicos y eso que las pasa canutas la tía en el muelle de Saab Blas. Ahora sí, cada vez que Abun vuelve a inundar su puerta todo son abrazos y felicidad y no veas los polvazos que se echan. Como si se fueran a morir mañana que dice la canción.

Con Cordura es distinto, la relación se ha quedado bastante más fría y distante. Cordi sólo recurre al Mar de la Abundancia lo justito, casos de necesidad, cuando ve negocio, para chapuzones lúdico-esporádicos durante las vacaciones y cosas así. Vamos, que una relación continua y fluida que digamos no hay. Pero también es cierto que no sufre tanto las separaciones. Es la ventaja que tiene. De hecho, le importa un huevo lo que haga o deje de hacer el niñato caprichoso. Al fin y al cabo, la durísima y dolorosísima experiencia, aunque formaba ya parte del pasado le había dejado un valioso aprendizaje acerca de cómo ordenar su casa para que nunca le falten sus campurrianas, ni su achicoria de todas las mañanas, ni sus vacaciones para desconectar ni, por supuesto, algún caprichito de vez en cuando que una no es de piedra.

Con Jauja sigue sin saludarse. Ya se sabe. Típico. Los conflictos se enmadejan con el paso del tiempo y luego no hay desenmadejador que los desenmadeje por buen desenmadejador que sea. Es cuestión ya de orgullo, de quién tiene que dar el primer paso y esas cosas irresolubles. Pero aunque no lo admitirían ni hartas de pentotal sódico, ambas se tienen buenos sentimientos en el fondo. Cuando Jauja anda en épocas de vacas anoréxicas una mano misteriosa le deja en el porche, con nocturnidad y alevosía, canastillos de mimbre con nísperos, pan de higos, leche en polvo, recortes de la prensa diaria y una manta paduana de cuadros doblada en cuatro. Y cuando finalmente el mar pródigo se digna a volver, y las vacas se hacen obesas y hasta les sale celulitis, estas donaciones misteriosas cesan. Bueno, mejor dicho cambian de sentido y van al revés. Y empieza la temporada en la que es Cordura la que es visitada, una o dos veces a la semana, por una limusina con chauffeur que le entrega dos cajas de caviar de Riofrío, tres docenas de orquídeas sudanesas y un cisne de origami tamaño natural hecho con billetes de 500€ para decorar el centro de mesa en la comunión de las mellizas. Y la nota anónima, que es la misma que la de la cesta de fruta, dice "Gracias y de nada". Y al leerla, un suspiro les hincha el pecho a las concuñadas de nuestra fábula porque las dos saben que tal cosa es obra de su respectiva. Y con el final del suspiro se dan media vuelta y se vuelven cada una a lo suyo, hasta la próxima, chau. Cordura, a hacer inventario de la despensa y poner a remojo las lentejas; Jauja a pedir cita en el solarium y a buscar presupuesto para cantarle esta noche a Abun aquella de "Sin tí no soy nada" con una banda de mariachis.


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2 comentarios:

  1. Muy buena la historia, aunque menudo ladrillazo my friend !! jejejeje

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  2. Gracias, querido Jorge, por todas y cada una de tus puntuales visitas a esta humilde fábrica de ladrillos.

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