3 de agosto de 2011

Herramientas desaprovechadas en tiempos de crisis: la PNL (vol.2)

Como ya hemos visto en el vol.1, la PNL (Programación Neurolingüística) es una valiosísima herramienta para saber cómo funciona nuestro propio cerebro. Uno de los padres de la PNL, Richard Bandler, define a esta disciplina como el “manual de instrucciones para usar con eficacia todo el potencial de nuestra propia cabeza”. El complicado nombre de la PNL procede de:
  • Programación: nuestro cerebro almacena incesantemente toda nuestra experiencia en una especie de archivo de secuencias aprendidas. Estas secuencias se guardan progresivamente en nuestra mente y es a ellas a las que luego recurriremos para construir nuevas ideas, acciones, comportamientos, etc.
  • Neuro: todo lo que percibimos, lo que pensamos y lo que sentimos es consecuencia de procesos neurológicos. Hoy en día los avances en tecnología nos permiten detectar y analizar mediante escáneres cerebrales cómo interactúan el cerebro y el resto del cuerpo o cómo los recuerdos activan determinadas partes del cerebro, por poner sólo dos ejemplos.
  • Lingüística: el lenguaje (ya sea éste verbal o no-verbal) codifica y expresa tanto nuestros pensamientos como nuestras conductas.
La PNL es un estudio de cómo percibimos, filtramos, organizamos y revisamos el mundo a través de nuestros sentidos y de cómo transmitimos nuestra representación del mundo a través del lenguaje verbal, corporal y sentimental. Es, por tanto, una escuela de pensamiento pragmático que sostiene que toda conducta humana se desarrolla a partir de “plantillas" aprendidas que podemos (y debemos) sanear regularmente. Como parte importante de nuestro carácter y de nuestra personalidad, estas plantillas precisan de revisiones periódicas, de actualizaciones y, en general, de distintas tareas de mantenimiento que por un lado nos garanticen una correcta relación tanto con nosotros mismos (comunicación intrapersonal) como con los demás (comunicación interpersonal); y, por otro, que minimicen en lo posible la aparición de conflictos en cualesquiera de estos dos terrenos.
El mundo que nos rodea es un macroescenario de una complejidad abrumadora. Toda la información que fluye desde este entorno hasta nosotros lo hace a través de los sentidos, esto es, los instrumentos con los que exploramos la realidad, la definimos y la delimitamos. Pero la densidad de información que recibimos a través de nuestros órganos sensoriales hace de la realidad un concepto absolutamente inmanejable que obligadamente hemos de simplificar. Esta idea fue descrita por primera vez por Alfred Korzybski, el fundador de la semántica general, y utilizó para ello la metáfora conocida desde entonces comoel Mapa no es el Territorio

Mapa de América según Sebastian Münster, 1561.
¿Qué sabes de la ciudad en la que vives? Admítelo, desde luego no conoces absolutamente todo lo que hay en tu ciudad. Conoces sólo una parte de ella. Sin ir más lejos, la porción que necesitas. Ni más ni menos. Pues bien, imaginemos que deseas desplazarte dentro de tu ciudad desde el punto en el que te encuentras hasta otro en el que no has estado nunca. Para hacerlo eficazmente necesitas un mapa, esto es, una representación esquemática que contenga la información que es estrictamente relevante para tu objetivo. Una guía, una filcar, un callejero, o el GúgelMaps. Llámalo como quieras. El mapa perfecto sería un duplicado exacto de la realidad pero sería entonces absolutamente inmanejable. Necesitamos, por tanto, simplificar la realidad para que nos sea útil. ¿Pero cuánto de simple ha de ser nuestro mapa? Si el mapa es muy básico nos faltará información; si lo llenamos de datos disminuirá su sencillez y se hará difícil de manejar y de interpretar.
El grado de detalle y la cantidad de información contenida en el mapa de nuestro ejemplo varía también dependiendo de cómo pretendas desplazarte. Si planeas moverte a pie por el barrio necesitarás un mapa que refleje sus calles, sus plazas y sus cruces, y puntos de referencia con los que puedas orientarte. Podría servirte incluso un croquis dibujado en una servilleta de papel. Si, en cambio, te desplazas en automóvil, este mapa deberá abarcar una mayor extensión y es importante que contenga no sólo los nombres de las calles sino también sus sentidos de circulación. Si has de viajar en metro el mapa que precisas es otro muy distinto al de los dos casos anteriores. Todos estos mapas son ligeramente distintos unos de otros a pesar de que representan a la misma realidad. Todos son igualmente válidos o igualmente inútiles dependiendo de si se usan para lo que han sido diseñados o no.
Pues lo mismo sucede con cada situación de la vida, con cada idea propia o ajena, con cada persona, a cada instante. ¿Qué ocurre? Pues ocurre que todos construimos nuestros propios “mapas”, útiles a nuestros propósitos independientemente de si reflejan la realidad con mayor o menor grado de rigor. Pero, al fin y al cabo, pocos entendemos que el mapa no es la ciudad. Que nuestro mapa no es el territorio en sí mismo sino tan sólo una de las múltiples representaciones posibles que lo simplifican para efectos prácticos. Y ocurre que estos mapas son el resultado de haber depurado la realidad a través de nuestras experiencias previas, de nuestras creencias, de nuestra cultura, nuestros prejuicios, nuestro lenguaje… cedazos todos ellos que omiten parte de la información, que desechan numerosos matices, que prescinden de algunos elementos, que no tienen en cuenta todos absolutamente todos los datos que hay ahí fuera. Nuestro modelo de la realidad es, en definitiva, el esquema que queda después de haber despreciado gran parte de la misma realidad. Nuestra visión del mundo es, por lo tanto, subjetiva, parcial, acotada e incompleta. Sobre todo incompleta.
En cambio, constantemente enarbolamos las premisas de que “la realidad es así”, “es como es”, de que “no hay otro modo de verlo” o de que “está clarísimo”. Constantemente juzgamos el modo de pensar o de actuar de los demás tomando como única referencia válida el nuestro propio. Y lo hacemos con una especie de arrogancia innata e inconsciente porque desconocemos que durante el proceso de elaboración de nuestro mapa nuestros filtros han descartado partes que tal vez sean relevantes para otras personas. La capacidad para gestionar con éxito las crisis internas o los conflictos con terceros radica en su mayor parte primero en comprender este mecanismo de programación, después en descubrir cuál es nuestro modelo y, por último, aceptar que nuestro mapa no es La Verdad Absoluta. Son los tres primeros y difíciles pasos en el camino de la convivencia con los demás. Sin dominar bien estos pasos iniciales ¿a alguien le cabe la menor duda de que se hace tremendamente complicado caminar en medio de tanta gente convencida de llevar el único mapa posible?


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1 comentario:

  1. Me quedo con esta frase: "aceptar que nuestro `mapa´ no es La Verdad Absoluta"
    Qué bien nos iría a todos en el día a día si pudiésemos asumir esto y actuar en consecuencia.
    EXCELENTE como siempre.

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