26 de septiembre de 2011

Aquellos maravillosos clásicos.

Qué enorme placer es siempre revisitar a los clásicos. De la literatura, del cine, la pintura o de lo que sea. Pero hoy me ha tocado la fibra un libro. Y me ha dado por pensar que no es casualidad que determinados trabajos hayan sobrevivido a los implacables embates del tiempo, al azote de las críticas, al cambio de las modas en el vivir y en el pensar. Algo tendrán que les hace perennes. Vamos, digo yo. No habrán vencido a sus competidores coetáneos, no habrán empatado fuera de casa -e incluso ganado alguna que otra vez por goleada- a los que han arribado a posteriori con nuevas obras de nuevos tiempos por una vulgar cuestión de azar. Todos tenemos alguno: Dickens, Apollinaire, Chéjov, Delibes, Twain... Y es que hay libros que, superiores a las modas, valen para toda época. Que, a pesar de los lustros, siguen conteniendo actualizadísimas lecciones sobre la vida y sobre la naturaleza humana. Sobre lo mejor y lo peor del mundo que hemos creado. Hay autores universales que, desde el pasado, siguen dispuestos a hablarnos de nuestro tiempo, del ahora y sus protagonistas, mejor incluso que la abundante cordada de actuales escuderos del mercado. Y con más categoría, dónde va a parar, y honestidad y educación.
"Sin Pan y sin Trabajo", óleo sobre tela de Ernesto de la Cárcova, 1892. Expuesto
en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) Buenos Aires, Argentina.

Siempre me han parecido una especie de interesados herejes todos aquellos -editores, críticos, periodistas e incluso los mismos autores- que se apresuran a acuñar 'obra maestra' sobre la tinta todavía caliente de las ediciones, sobre largometrajes aún sin estrenar, o sobre lienzos que, de tan frescos, te arruinan la chaqueta si los rozas con el codo al pasar de largo. La pecunia les va en ello, según parece, y acaban convirtiendo en profesión el ímprobo arte de poner el culo donde paguen con el bemeúve más grande. Y nadie parece siquiera disimularlo ni un poquito por mucho que en el fondo todas sus potenciales víctimas sepamos perfectamente que una obra gana el título de 'Maestra' cuando, cincuenta o cien años después de salir de la imprenta, sigue frotando las baldas de las estanterías. Cuando acumula un currículum de mudanzas, y cuando capas de piel de varias generaciones han conferido a sus páginas esa adorable pátina amarillenta en las aristas. Así, a fuego lento, es como madura una Obra Maestra. Ayer, hoy y siempre. Sin que necesite más estrategia de márquetin que una historia bien contada, de ésas que te agarran por el pecho y se leen solas; sin más porcentaje que ese suspiro que te queda -mezcla de satisfacción y pena- cuando cierras su última página todavía con el último párrafo latiéndote en la retina.
Pongamos como ejemplo de lo que les quiero decir a un pájaro llamado Michel Houellebecq, escritor que no desperdició la ocasión de convertir a golpe de vulgar 'copy&paste' un artículo de la Wikipedia en un capítulo de su última novela: El Mapa y el Territorio” (Anagrama, 2011). Habilidad que sin duda ha pesado lo suyo para que el ilustre crítico RecaredoVeredas alabe tal relato hasta el reflujo gástrico en su foro en ABC.es/CULTURA con palabras como «una obra maestra puede serlo pese a sus errores» o también «es una obra maestra imperfecta» (sic ambas). Hay que joderse. No me digan que el patio de mi casa no es particular. Y, sin extendernos demasiado con el muestrario, diremos -aunque me consta que lo saben sobradamente- que ejemplos muy similares los hay a centenares en estos tiempos en que hasta lo más sagrado se prostituye a cambio del vuelto del café. Y la noble vitola de 'Obra Maestra' lo mismo vale en el PeriodistaDigital.com para “El Árbol de la Vida”, en PrensaLibre.com para Pérez de Antón. O para que veinte años de tirar kilómetros de celuloide le hayan servido, según todos estos caraduras, para que un tal Pedro Almodóvar haya estrenado más obras maestras -hay que joderse con el saldo y la liquidación- que un tal Michelangelo Buonarroti, un tal Billy Wilder y un tal Velázquez juntos en toda su puñetera vida.
Por todo esto me sigue fascinando que en las librerías de hoy día -sembradas como están de cepos chocarreros que nos ponen estos amantes de las comisiones en versales- alguien se levante uno de Steinbeck, de Baroja o de Dostoyevski. Y me digo para mis adentros: ole tus huevos, niña, se iban a comer una mierda pinchada en un palo los estafadores del garabato si todos lo tuvieran tan claro como tú. Ole. Y me crece dentro, qué quieren que les diga, la fe en la especie humana y en su capacidad de discernimiento. Y me creo que no todo está perdido. No al menos todavía. Romántico que es uno, ya ven.

N.A: El libro del que les hablaba al principio del post es uno de Don Pío Baroja del que, por cierto, no les voy a decir el título porque, para el caso, nos valdría cualquiera.
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2 comentarios:

  1. No he tenido demasiado tiempo para pasarme por aquí, pero ahora que me estoy reponiendo y leyéndome todos tus post de cabo a rabo, tengo que decir dos cosas: primero, que tu prosa me evoca a Carlos Ruíz Zafón y a Pérez Reverte; segundo, que me haces, invariablemente, pasar un gran rato.

    Un maullido de enhorabuena,
    Belén.

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  2. Muy altas evocaciones son esas, Belén! Se agradece el piropo, no obstante.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar

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